El papel olvidado del pecado en la humanidad

Ramón Arias | 18 de agosto de 2014

Sé que este es el año 2014, y que el concepto de pecado ha pasado de moda, en su mayoría. También sé que la persecución y el asesinato de los cristianos en muchas partes del mundo se ha convertido en una especie de aceptabilidad y en los Estados Unidos el ataque contra ellos siempre es una guerra sin tregua. No importa que la civilización occidental debe su existencia a la perspectiva bíblica.

La locura de este mundo es cada vez mayor, y los Estados Unidos no es una excepción. Estamos percibiendo el hedor en todas partes. Muchas naciones todavía miran hacia Estados Unidos para su salvación; pero la pregunta es, ¿quién va a salvar a Estados Unidos? 

¿Qué pasó con asociar el mal con el pecado? Yo sé que no es políticamente correcto preguntar eso, pero mira lo que le ha sucedido a la nación, ya que ha seguido el consejo de los malvados y de los que la desprecian. Estar en silencio contra el pecado sólo le da fuerza a los que desprecian al Dios de la Biblia. ¿Por qué estamos entonces sorprendidos de lo que está sucediendo en St. Louis, Chicago, Detroit, Nueva York, Los Ángeles, Houston, Miami, Seattle, y en tantas otras comunidades urbanas y rurales? 

¿Pueden los cristianos en Estados Unidos servir a dos señores con lealtad? No de acuerdo a Jesús: «Nadie puede servir a dos señores, porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se apegará a uno y despreciará al otro. No pueden servir a Dios y a las riquezas» (Mateo 6:24). Históricamente, la postura de la neutralidad nunca le ha funcionado a los cristianos, o a cualquier persona. Hace dos mil años, esto es lo que Santiago le escribió a los cristianos: «¡Oh gente adúltera! ¿No saben que la amistad del mundo es enemistad contra Dios? Pues, quien quiera ser amigo del mundo, se constituye enemigo de Dios» (Santiago 4:4). Amistad con la inmoralidad también se aplica a aquellos que piensan que pueden ser neutrales y no ser culpados por la condición cultural decadente de la sociedad. 

El pecado es un fuerza bien organizada que destruye la vida humana, y nadie es inmune. Una vez que los cristianos entiendan esta verdad contundente y tengan una determinación de honrar y servir a Dios van a dejar de querer ser aceptados por los que adoran y abrazan el pecado. Por esta razón, Pablo le escribió a los Gálatas: «Acaso ahora ¿busco el favor de los hombres y no el de Dios? ¿O trato de agradar a los hombres? Pues si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo» (1:10).

A los cristianos de Roma, les escribió diciendo, «No se conformen a este mundo, sino transfórmense mediante la renovación de su mente, para que verifiquen cuál es la voluntad de Dios: lo que es bueno, agradable y perfecto» (Romanos 12:2). 

Abramos nuestras mentes y nuestros corazones a la realidad de lo terrible que es el pecado y confrontémoslo de forma individual así como en el hogar. El pecado nunca debe ser justificado, racionalizado o simplemente reubicado en nuestros corazones. Conforme lo hacemos con compasión y audacia, podremos hablar libremente contra su fruto malo dondequiera que asome su fea cabeza en toda la sociedad.

Tener una nueva vida en Cristo y la guía del Espíritu Santo es notable y nos hace responsables por el bienestar de nuestras comunidades, de nuestros estados, la nación y el mundo. Ningún verdadero creyente nacido de nuevo en el pasado, presente o en futuras generaciones, está exento de esforzarse para lograr esta alta calidad de vida: 

“Esto digo, pues, y afirmo juntamente con el Señor: que ustedes ya no anden así como andan también los Gentiles (paganos), en la vanidad de su mente. … Y que sean renovados en el espíritu de su mente, y se vistan del nuevo hombre, el cual, en la semejanza de Dios, ha sido creado en la justicia y santidad de la verdad.» (Efesios 4:17, 23-24).

“Entonces la forma en que vivan siempre honrará y agradará al Señor, y sus vidas producirán toda clase de buenos frutos. Mientras tanto, irán creciendo a medida que aprendan a conocer a Dios más y más. (Colosenses 1:10).

“Les rogamos, los alentamos y les insistimos que lleven una vida que Dios considere digna. Pues él los llamó para que tengan parte en su reino y gloria. “ (1 Tesalonicenses 2:12).

Nosotros no tenemos que pedir perdón por nuestras convicciones cristianas conforme señalamos a los demás la manera eficaz de controlar el pecado. Tenemos que desafiar todas las ideas en todas las áreas de la vida que nacen del pecado y guerrean contra el conocimiento de Dios; si no somos capaces de hacer esto, no tenemos a nadie más a quien culpar sino a nosotros mismos por los resultados en el futuro. Trabajemos hacia la meta de un llamado superior mientras podamos.

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