No hay un justo que hace el bien y nunca peca

Nena Arias | 10 de enero de 2022

“Todos han pecado y están destituidos de la gloria de Dios”.
(Romanos 3:23)

Además de Jesucristo, nunca ha habido una persona que nunca haya pecado. Todos somos pecadores, y pecamos continuamente de alguna forma. Eclesiastés 7:20 dice: “Ciertamente no hay hombre justo en la tierra que haga lo bueno y no peque”. En Ezequiel 18:4 dice claramente: “…el alma que pecare, esa morirá”. Muchos de nosotros estamos familiarizados también con Romanos 6:23 que dice: “Porque la paga del pecado es muerte, mas la dádiva de Dios es vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro”. Gracias a Dios, la última parte de ese versículo nos da la esperanza de que a través de Jesucristo podemos ser salvos del control y las consecuencias mortales del pecado. De lo contrario, ¿quién quiere vivir?

Todos los que has conocido y conocerás son pecadores. Si estás casado, te casaste con un pecador y quien se casó contigo se casó con un pecador. Si tienes la bendición de tener hijos, tendrás hijos pecadores. Si entras en una sociedad comercial, te estás asociando con un pecador. Todas las personas que admiras son pecadores. La píldora más difícil de pasar con respecto al pecado es darme cuenta de que soy un pecador. Eso me entristece porque odio el pecado.

El pecado nos separa de Dios y unos de otros. Entonces, ¿estamos condenados a vivir bajo la esclavitud del pecado y será justo que Dios continúe permitiendo que los humanos sean concebidos y nazcan en una vida de pecado? Si todos somos pecadores, ¿quién puede salvarse?

¿Qué pecado es el más grande?

Cuando se trata de entender el pecado, la Biblia es muy clara. Los humanos queremos categorizar el pecado en niveles de severidad y pensamos que algunos pecados son más aceptables que otros. Incluso hemos inventado términos como «una mentirita blanca» para hacer que algunas mentiras sean más aceptables. Queremos empatizar con aquellos que están atrapados por las tentaciones de la carne, y por eso racionalizamos y tendemos a hacer concesiones con el pecado porque decimos “pero son buenas personas”.

Es cierto que el nivel de daño causado a otros por nuestro pecado varía, pero para nosotros siempre contará como pecado ante Dios.

El pecado es pecado. Todos los pecados son iguales ante Dios en el sentido de que si no los confesamos y nos deshacemos de ellos, finalmente nos condenarán ante el Señor.

La Biblia enseña que una persona vivirá para siempre. Somos seres eternos. Cada persona o sufrirá el castigo eterno o experimentará la vida eterna en el cielo con Dios. Todo depende si aceptamos a nuestro Salvador en el perdón de nuestros pecados y cómo vivimos. Ese es el mensaje de Daniel 12:2, “Y muchos de los que duermen en el polvo de la tierra serán despertados, unos para vida eterna y otros para vergüenza y eterno horror”.

El pecado nos separa de Dios. El pecado, en cualquier grado, es inaceptable para Dios. No puede soportarlo.

Desde que nacemos hasta que morimos físicamente; tenemos una batalla con el pecado, pero, a través de nuestro libre albedrío y con la ayuda de Dios, también tenemos el poder de resistirlo y no permitir que el proceso del pecado madure en nosotros. Lee Santiago 1:12-15.

Nuestra voluntad por sí sola no es suficiente. Por eso Dios tuvo que enviar a Jesús para salvarnos del pecado y de la muerte.

Podemos estar seguros de que somos exactamente como la generación anterior al diluvio cuando Dios dijo: “…la maldad de los hombres en la tierra…todo designio de los pensamientos del corazón de ellos fue solamente el mal” (Génesis 6:5-6). Podemos estar seguros de que lo mismo nos sucederá a nosotros si no tomamos el control del pecado en nuestras vidas.

Dios no se deleita en tener que destruirnos a causa del pecado, así que nos da todas las oportunidades para que nos alejemos de nuestros malos caminos.

Somos seres tripartitos, es decir somos tres partes: espíritu, mente/alma y cuerpo. Las tres partes trabajan juntas. Todos deben ser regenerados a medida que vivimos diariamente aplicando los principios de Dios a cada área de nuestras vidas.

¿Podemos imaginar, aunque sea un poquito de pecado en el cielo? No, no podemos porque Dios no puede tolerar ni siquiera un poco de pecado. No hay pecado pequeño ni pecado mayor. Todo pecado es una abominación para Él.

Así que tan pronto como descubramos que hemos pecado, debemos arrepentirnos y modificar el comportamiento que ahora sabemos que siempre ofenderá al Señor y a los demás. Santiago 4:17 dice, “Por tanto, al que sabe hacer lo bueno y no lo hace, eso le es pecado.”

Es un buen hábito practicar el arrepentimiento diario por todos los pecados que hemos cometido ante el Señor y hacer restitución a aquellos que hemos ofendido. La Biblia no da una lista que clasifique el pecado o describa un pecado que sea el «más grande».

La Biblia solo menciona un pecado que es imperdonable. Se encuentra en Mateo 12:31-32, “Por esto les digo que todo pecado y blasfemia será perdonado a los hombres, pero la blasfemia contra el Espíritu no será perdonada. Y a cualquiera que diga palabra contra el Hijo del Hombre le será perdonado; pero a cualquiera que hable contra el Espíritu Santo no le será perdonado ni en este mundo ni en el venidero.

El rechazo hacia Cristo y su perdón, sin el cual nadie puede entrar en el reino eterno de Dios, también puede considerarse el “pecado más grande”.

Todo pecado desafía a Dios. No podemos tener comunión con él cuando el pecado está de por medio. Nunca lo racionalices, lo justifiques o te aferres a él una vez que sepas que está ahí. Dios no te tendrá por inocente.

En todos los sentidos, todo pecado es infinitamente atroz contra Dios y no solo contra las personas.

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