Rissa Arias

Dr. Joel McDurmon | 1 de mayo de 2018 

(American Vision) – El filósofo Blas Pascal razonaba cierta vez que el hombre era al mismo tiempo la obra más maravillosa y la más miserable de la Creación. Es la más maravillosa en el sentido de que es la cumbre de la creación de Dios y, al contrario de las bestias brutas, está hecho a la imagen de Dios (Gn. 1:26–27).  Sin embargo, también es débil. Apenas una gota de vapor es suficiente para terminar con él. No es nada comparado con el universo infinito — en su grandeza infinita o en su pequeñez infinita. Sin embargo, en su pensamiento es capaz de comprender al Universo.1

Con esta paradójica naturaleza, vemos al hombre en su estado natural, inocente, creado, y en su estado caído. Eso significa que debemos pensar también en sus potenciales estados redimido y glorificado. El punto de vista bíblico sobre la Humanidad, por tanto, debe tener en cuenta sus cuatro estados: creación, caída, redención y glorificación. Un teólogo dijo una vez que estos se correspondían con cuatro realidades del hombre:

  1. Creación: Inocente, pero capaz de pecar.
  2. Caída: Incapaz de no pecar.
  3. Redención: Capaz de no pecar.
  4. Glorificación: Incapaz de pecar.

En esta meditación miraremos al primero de los estados: la Humanidad en su estado original creado.

Primero: el hombre se diferencia de Dios en que él es parte de la Creación. Él no es el Creador. De ese hecho se derivan  su humildad y su grandeza.

En su aspecto material, el hombre no tiene  mucho de qué jactarse. Su nombre, «Adán» procede de la palabra que significa «tierra». Se nos dice que Dios lo creó del «polvo» de la tierra (Gn. 2:7). Este término es un poco más poético que la palabra comúnmente usada: «suciedad». En los demás textos, la Biblia lo llama «barro» (Job 4:1933:62 Co. 4:7).

La Ciencia confirma este aspecto humilde del hombre. De acuerdo con un estudio de la Clínica Mayo, el cuerpo humano, cuando se descompone en sus elementos primarios, tiene un valor de unos $4.50. Eso incluye mayormente oxígeno, hidrógeno y carbono. Para decirlo llanamente: nuestros cuerpos son lujosos sacos de gas y sacos de suciedad. Según el informe original, por despreciable que sea este recipiente, contiene «suficiente azufre como para alejar las pulgas de un perro y suficiente hierro como para una puntilla de cuatro pulgadas». Es más, desde esta perspectiva, la mayor parte de los alimentos que ingerimos valen más que la carne que se los come.2

No es de sorprender que la Biblia nos recuerde a menudo que somos polvo, cenizas y barro, y que a ellos regresarán nuestros cuerpos (Gn. 3:19).

Sin embargo, nos dice que las obras de Dios son «formidables y maravillosas» (Sal. 139:14). Dios tomó esos materiales tan despreciables e hizo un cuerpo — si consideramos nada más que nuestro cuerpo — que tiene un diseño sorprendente y un valor tremendo. Repito: desde una perspectiva médica, sin descomponerlos, nuestros órganos, médulas, ADN, etc., colectivamente, valdrían unos $46 millones en el mercado libre.3 ¡Vaya, eso sí es valor añadido! Y ¿quién sabe cuáles serían los costos de investigación y desarrollo para eso? Quizás infinitos.

Ante todo esto nos damos cuenta de que todo lo que tenemos proviene de Dios. No tenemos nada de qué jactarnos. No somos sino polvo, e incluso éste fue creado por Dios, para empezar. Todo lo que somos y lo que tenemos procede de Él, desde el menor átomo de hidrógeno, hasta el aliento de vida y los pensamientos más elevados. Él nos ha dado este don extraordinario de inmensurable valor.

Apartándonos del cuerpo eso es todavía más real. Dios tomó este vaso de barro y sopló en él Su «aliento» y este hombre de polvo se convirtió en un «alma viviente» o «criatura viviente». La propia vida del Hijo de Dios es también «luz» y Él da esta luz a toda persona que llega al mundo (Juan 1:4–9).

Además, el hombre está creado a la imagen de Dios. No es Dios, ni es un dios, ni un tipo de dios. No obstante, es semejante a Dios, porque Dios lo creó de esa manera (Gn. 1:26–27).

Como imagen y semejanza de Dios, el hombre —es decir, «Adán» — fue creado varón y hembra (Gn. 1:27). El hombre y la mujer llevan la imagen de Dios por igual. Ambos merecen todo el respeto a esa dignidad y todos los derechos naturales, otorgados por Dios, que eso implica. Hablaremos más del género y el sexo en posteriores lecciones.

Como ser singular, parecido a Dios, el hombre debe representar a Dios dignamente y exhibir Su imagen con fidelidad. Él hace esto hasta cierto punto por naturaleza. Igual que vemos que Dios, en la narración de la Creación (Gn. 1–2) habla, se mueve, nombra, comunica, crea, gobierna, mejora y descansa según Su naturaleza perfecta y auto-ordenada, así mismo vemos a Su imagen (Gn. 1:26–302:7) dedicarse a  una identificación ordenada, a nombrar, tener comunión (Gn. 2:18–25), gobernar (Gn. 1:28Sal. 8:4–8), «crear», mejorar, trabajar, nutrir, cuidar (Gn. 2:15), y descansar (Gn. 2:2Éx. 20:11).4

La Humanidad, varones y hembras, fueron creados para sojuzgar la tierra (Gn. 1:2628). Esto también se refleja en el propósito de Dios para el hombre en el Jardín de Edén: «para que lo labrar y guardase» (Gn. 2:15). Más adelante diremos más sobre lo que todo eso significa, pero por ahora sencillamente constataremos el hecho.

La imagen de Dios en la Humanidad aparece más señalada en su naturaleza ética y judicial. Esa luz brilla con más claridad cuando ella se dedica a su llamamiento según el orden moral del Creador. Debemos «labrar y guardar» sí, pero debemos hacerlo especialmente de una manera que dé un ejemplo de desinterés, entrega, humildad, propósito, vida, cuidado, amor y productividad — como vemos qu elo hace nuestro Creador en la Creación. Repito: estamos hablando aquí del tiempo anterior a la Caída.

Es con este concepto del hombre dado por Dios — del cuerpo, alma, diseño y propósito — en el que hallamos nuestro valor más alto. En este estado original, creado, la Humanidad andaba en armonía con Dios, en le tierra de Edén y en especial en el mismo Jardín de Edén que Dios plantó para ellos (Gn. 2:8–15). Ahí la Humanidad vivió y laboró  originalmente con placer en la misma presencia de Dios. Eso era vida y luz.

Pascal llegó a la conclusión que el hombre debía conocerse a sí mismo, tanto en su debilidad como en su grandeza; debe humillarse al recordarse de su debilidad y dependencia, pero si se humilla, será exaltado. En eso se hacía eco de la Escritura (Pr. 29:23Pr. 18:12Is. 2:11–12Mt. 23:11–12Lc. 14:111 Pe. 5:56).

Él pareció considerar incluso el caso en que el hombre pensaba sólo en su aspecto miserable, en cuyo caso debe recordársele también su carácter divino: el don de tener la imagen de Dios en él.

El punto de vista bíblico del hombre, por lo tanto, comienza por comprender que es una creación singular de Dios. Aparte de Él somos menos que polvo y viento. Con Él nos vemos como productos de diseño y gracia. En Su gracia existimos; vivimos, nos movemos y somos (Hch. 17:28).  No tenemos nada de nosotros mismos; es todo Suyo. Por su designio no somos puro polvo, sino polvo divinamente ordenado y vida divinamente soplada. Somos imágenes de lo divino, llamados a pensar Sus pensamientos igual que Él, a hacer Sus obras igual que Él y a ser santos como lo es Él (Lv. 11:441 Pe. 1:15–16).

Notas:

  1. Pascal, Pensées, 6:347.
  2. https://liblog.mayo.edu/2010/01/14/whats-the-body-worth/
  3. https://www.wired.com/2011/01/ff_redmarkets/
  4. Vea Joel McDurmon, Biblical Logic: In Theory and Practice  [Lógica Bíblica en la teoría y la práctica](Powder Springs, Georgia: American Vision Press, 2011), p. 29; Vern Poythress, “A Biblical View of Mathematics,” Foundations of Christian Scholarship: Essays in the Van Til Perspective [Fundamentos de la erudición cristiana . Ensayos sobre la perspectiva de Van Til] ed. Gary North (Vallecito, California: Ross House Books, 1976), p. 184.
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